Ideas alocadas.
Muchas veces se hacen daño. Muchas veces desean no conocer a la otra. Pero, ¿Y? Bari y Souf no son hermanas de nacimiento. Sin embargo, nacieron para serlo. Lo tienen muy presente. Estas dos chicas que se enfadan simplemente porque... La otra no use el apodo correcto a su nombre real. Les da igual todo. Porque se necesitan para afrontar todo lo que se les viene encima. Bueno. Y malo. Simplemente, son iguales.
miércoles, 25 de julio de 2012
7.
“Gonna live everything I lost one day”
―Gracias por todo, Bari.
―No sé por qué las das; esto es así. Cuando estás mal, estoy aquí. Cuando estoy mal…
―…estoy aquí.―Terminé la frase.
―Exacto. Así funciona la dinámica―Sonrió, mostrando unos dientes perfectamente blancos.
Le di un último abrazo y salí de su casa. Ya había oscurecido, corrí hacia la parada de autobús. Aquella noche de verano amenazaba con acabar en tormenta. No recuerdo si cuando subí o si cuando estaba esperando al automóvil pasó, pero de un momento, la noche se puse más oscura aún, y unas gotitas empezaron a rozar mis mejillas. Pero no era lluvia.
Creí que todas las lágrimas las había soltado ya, parecía que estaba equivocada. Llegó el número diecisiete y subí. Elegí el asiento del fondo, así nadie se subiría a mi lado. Por la noche, la gente no se arriesga. Saco el IPod del bolso y pego casi con pegamento los cascos a mis oídos. Subo el volumen lo más que puedo y busco entre todas las opciones que tengo. En estos momentos cualquiera elegiría una canción que anime, pero como yo soy más rara que un simple cualquiera, escojo la primera que se me pasa por la cabeza. Mala opción; ya que “Until you´re mine” de Demi es un tanto desacorde con la situación. Aun así, lo vuelvo a guardar y la sigo escuchando, es ella. Da igual que canción sea, es ella.
Saco el teléfono y respondo a Jake.
“Estos días no puedo, mi padre está empeñado en que lea una serie de libros para el colegio, para el año que viene. Te aviso cuando me suelte. Un beso príncipe.”
Cuento cinco respiraciones hasta que me contesta. Es una carita triste. Lo siento de veras, porque me apetece verle. Pero quizá lo mejor es alejarme de los chicos por una temporada.
Llego a mi parada, y bajo del autobús. Paso por el pequeño caminito del jardincito que tenemos en casa. Saco las llaves y entro. Espero que, o mi padre no esté o que esté dormido ya. Encuentro a mi hermano viendo la televisión y la cara que pone me asusta, me hace gracia. Hasta que me doy cuenta a que se refiere. Me doy la vuelta.
Mi padre acaba de salir de su escritorio y lo tengo frente a mí.
―Son más de las doce de la noche.
―Lo siento.
Bajo la mirada. Por favor que no se ponga a gritar. Con el día que llevo, las lágrimas se escaparían de mis ojos a la primera reprimenda.
―No me sirve.―Me escudriña con la mirada y tengo miedo de que alce la voz. Sístole, diástole. Casi puedo escuchar como mi corazón retumba. Demasiadas emociones en un mismo día. Para mi sorpresa, él solo responde algo en tono monótono. Supongo que también está algo cansado. Negociar con petróleo tiene que ser jodido. Más con tanto estrés―.Sube a tu cuarto, que no se repita.
Asentí y subí las escaleras. Cierro la puerta con pestillo y agarro la camiseta del armario. Esa ancha con un enorme gato negro en el centro. Sin coger el ordenador, ni la BlackBerry, ni el IPod, ni absolutamente nada, me meto en la cama y cierro los ojos.
Demasiado por hoy, mañana será un nuevo día.
**
― ¿Vas a comer magdalenas?―Pregunta mi hermano.
―Ya sabes la respuesta.―Me giro y entrecierro los ojos.
Encoge los hombros a modo de indiferencia y moja la suya en aquella leche que compramos siempre.
― ¿Está papá o se ha ido ya?
―Se ha ido―Daniel no me mira a los ojos. Contesta agarrando el mando de la televisión y pone una serie a la que se enganchó en cuanto llegamos a Inglaterra.
―Que putada.―Susurro.
Levanta las cejas.
―Es normal en él, ya sabes.
―Sí…―Me detengo un segundo―. ¿Qué vas a hacer hoy?
―Papá me ha dicho que puedo ir a casa de Marcus.
―Ajám.
― ¿Y tú?
―No tengo absolutamente nada que hacer.
Voy hacia el sofá y me tumbo.
―Pringada―Oigo que dice detrás del inmueble, mientras que se mete otro trozo de bollo en la boca.
―Vete a la mierda, enano.
―Tengo doce años.
― ¿Y sabes qué? ―Le digo sarcástica, asomando la cabeza por encima del sofá.
― ¿Qué?―Pregunta curioso. Inocente.
―Que me da igual.
La sonrisa desaparece de mi cara y me vuelvo a tumbar. Él resopla pero, por suerte, no vuelve a decir palabra.
Me concentro en aquella serie. Una niña estúpida se pone a llorar porque su presunto novio le hace caso omiso. A mi parecer, se arrastra como una lombriz. En fin, esto es lo que son las series de niños hoy en día. Si mi hermano supiera lo que era Disney Channel cuando yo era pequeña…
El móvil comienza a sonar y salgo disparada a la mesa de la entrada, donde lo dejé al levantarme.
― ¿Sí?
―Hola―Esa voz resonó a través del auricular. Ese acento irlandés tan sumamente marcado. No le he preguntado… Si hay próxima vez, le voy a interrogar a preguntas sobre su familia. Quiero saber de que parte de Irlanda es.
Joder. Ya se me había olvidado. Aunque había tenido una idea por lo que soñé esta noche. Se merecía un perdón.
―Hola James. ―Respiro―. Respecto a lo de ayer, quería pedirte perdón… Yo… No quiero que me malinterpretes y…
―No hay que disculparse. Quizá no debí invitarte a comer tan pronto.
― ¡No! ―Cuento una respiración― Yo quería salir contigo. Quiero… Espera.
Me doy cuenta que estoy al lado de donde está la cocina y el salón, no me apetece que mi hermanito querido me escuche. Subo corriendo las escaleras, me encierro en mi habitación.
―Yo quiero salir contigo. Me gustas mucho James. ―Suelto.
Me tapo la boca. ¿Cómo lo digo tan a la ligera?
―Y tú a mí. Pero entonces… ¿Por qué saliste corriendo?
―Fui una maleducada.
―Eso da igual―Noto como sonríe a través del móvil―. Lo que importa ahora es que algo de curiosidad tengo, si es que no te importa que pregunte. Me intrigas, Souf. Nunca he salido con nadie así.
― ¿Que te parece si te lo explico… Hoy por la tarde? ¿A las seis en el Fruit Juices?
―Claro. Allí mismo estaré.
―Y yo no saldré corriendo.
―Esta vez te voy a agarrar con los brazos para que no lo hagas…. Muy fuerte―Susurra.
Sonreí como una idiota.
―Nos vemos, te estimo. ―Dijo.
Iba a colgar, pero me algo me detuvo. ¿Qué era eso?
― ¿Te estimo?
―Verás, es que no puedo decirte te quiero hasta que no te conozco mejor, sería un aprovechado. Tampoco te puedo decir te quiero si no me correspondes un beso. Sería mal por mi parte. Además, puede molestarte.
Volví a sonreír. Creo que está entre tierno y absurdamente considerado.
―Te estimo―Solté una carcajada―Nos vemos.
Colgué. Nada más hacerlo, me agaché a coger mi diario antiguo y rompí las páginas en las que prometía aquella estupidez. ¿Iba a dejar de querer al mejor chico que se me cruza en años, por una idiotez? No.
Ahora sí, bajé a la cocina mientras terminaba de estrujar y de paso borrar de mi corazón aquellas palabras.
Lo tiré a la papelera.
Demasiado tiempo sintiéndome vacía, ahora que le tengo, iba a disfrutarlo.
Sin embargo, la vida no es un cuento de hadas. Y no tenía ni puñetera idea de que quererle, iba a ser difícil en un tiempo.
martes, 17 de julio de 2012
6.
“Sometimes, is just HER.”
―Esto está buenísimo.―Dije. Y la verdad, me quedaba corta. Aquellos Gnocchi no podrían ser más ricos―. Me encantan, en serio.
―Me alegro mucho. Estos espaguetis al Pomodoro también lo están. No quiero fardar pero…―Hizo un gesto triunfal―. Te lo dije.―Se quitó las gafas y se las colocó en la cabeza. Después guiñó un ojos. Y acto seguido mi corazón dio un vuelco.
Me levanté de la silla y sobre la mesa me levanté a besarle, y mientras que sentía el sabor de sus labios pegados a los míos, la culpabilidad por romper mi promesa aumentaba. Cada vez más. Y me empezó a oprimir el pecho. Me observé a mí misma escribiéndola lentamente, con lágrimas en los ojos y con un dolor impresionante.
Me separé bruscamente de él. Y entonces si que comencé a llorar. No podía parar. Se levantó para abrazarme, pero me aparté de nuevo. Me di la vuelta y agarré mi bolso. Saqué el dinero que había traído y lo dejé en la mesa. No era mucho, pero ayudaba. Me había quedado sin hambre. Todavía del revés, sin mirarle a los ojos, sin mirarle a la cara; le solté un par de palabras de las que, estaba segura, me arrepentiría después.
―No puedo. Esto no es para… mí. Busca a alguien mejor. No soy buena para esto.―Me limpié la cara y ahora sí le miré a los ojos. Se me cayó el mundo a los pies, no podía dejar de llorar―.Lo siento.
Le di un último beso fugaz en una de sus mejillas y agarré su mano, para que acariciara la mía.
―Lo siento.―Volví a añadir.
Salí corriendo. Más y más rápido. Aunque estaba segura que ya no me alcanzaría, seguía acelerando la marcha. ¿Qué estaba sucediendo? Eso era una estúpida promesa de críos. Que se suponía, ¿Qué iba a cumplirla hasta ser una vieja con veinticinco gatos? ¿QUÉ ESTABA HACIENDO? Yo le quería.
No entiendo que pasa.
Estaba dispuesto a empezar algo conmigo, él mismo lo había dicho: “Esto podría ser el principio de todo”
Y, sin embargo, yo había salido corriendo como una niña asustada a la que le acaba de explotar en toda la cara un globo enorme, un payaso de feria. Desde luego, parecía estúpida. Era increíble que todavía no se me hubieran gastado las lágrimas. Era raramente increíble. No sabía a donde estaba yendo, así que saqué el móvil. Un SMS nuevo. De puta madre. ¿Quién sería ahora? Era un número desconocido.
“Estimada señorita, espero que el rubio no la haya conseguido cazar, ya que rezo para una buena cena contigo. Contéstame lo antes posible, ¿Vale? Quiero verte. Atentamente, el chico de la barra. PD: Quizá podemos tomar otro Red Bull con algún licor y así me repites eso de que eres mayor de edad.xx”
Ahora sí que aumentó mi llanto. Pude ver un pequeño parte a un lado y me senté en la banca más alejada. Recogí las rodillas, y empecé a contar mis respiraciones.
Una, dos, tres.
Cuatro, cinco, seis.
Escondí la cabeza en mis piernas y puse mis brazos alrededor de ellas.
¿Qué era eso que había sentido en cuanto Jake me había mandado aquel mensaje? De nuevo mi corazón había palpitado. Aunque no era comparable por lo que había sentido minutos atrás con James, Jake también me causaba… Paz. Eso era. Ahí estaba la respuesta.
Llevaba meses esperando algo. Cualquier cosa. Llevaba meses sintiendo un intenso vacío dentro y, con ellos dos, algo había cambiado. Cada uno de ayudaba a su manera. Pero no podía estar con ninguno de los dos. Con James: porque ya estaba lo suficientemente enamorada de él como para más. Con Jake: porque cabía la posibilidad de que algo sucediera. No iba a responder a ese mensaje. Por lo menos no ahora. En cambio, si iba a enviar uno.
“¿Podemos vernos? Te necesito sis.”
Dos segundos, tres, cuatro, cinco.
“Claro. Ven a mi casa. Mis padres no están por la labor de dejarme salir… No creo que digan nada si vienes. Eres de la familia. Corre. Me muerde la curiosidad, y ya intuía que algo pasaba, la verdad.”
Dos segundos, tres, cuatro. Mi IPhone retumbaba a cada letra que escribía, era como si todo me pesara enormemente en ese mismo instante.
“Eres la mejor. Voy para allá.”
“Aquí te espero, no pienso moverme.”
Agarré mi bolso y salí de aquel parque, ahora más calmada. Me limpié los restos de rímel y guardé el móvil en mi bolsillo. Me subí al primer bus que pasó y llegué en veinte minutos a casa de mi hermana. Me quité los cascos que me había puesto en el camino y toqué al telefonillo.
―Hola, pasa fea.
Sonó lo que indicaba que la puerta estaba abierta. No quería pararme a esperar al ascensor, así que subí rápidamente por las escaleras. De dos en dos.
En cuanto llegué al quinto piso, la puerta se abrió.
―Hola Sofía.―Me saludó el padre.
―Hola.―Sonreí. No quería que él se diera cuenta que algo me pasaba.
― ¿Qué tal estás?―Me preguntó mientras me dejaba pasar dentro del hogar, y cerraba la puerta a nuestro paso.
―Bastante bien, mi padre le manda saludos, señor.
―Te he dicho ya muchas veces que no me trates de usted.
Sonreí.
Sentí a alguien echándose encima de mí, me di la vuelta.
― ¡Hola!―Gritó.
Por primera vez desde que salí de aquel restaurante reí.
―Estás loca. Casi me matas del susto.―Dije.
―Si no estuviera loca, ¿Serías mi amiga?
―Hermana.
―Eso. Por cierto papi―ahora se giró hacia él― No la interrogues.―Entrecerró los ojos y le apuntó con un dedo.
―Eres una dramática.―Dije bromeando.
― ¡Solo he preguntado a tu amiga…!
―Hermana.―Esta vez fue ella la que lo dijo, interrumpiendo a su padre.
―A tu hermana… Solo le pregunté que qué tal estaba.
― ¡Bah! Venga bicho, vamos al cuarto.
―Qué caaaaaaaaaariñosa eres.
―Ya. Me deberían entregar un premio, bombón.―Me dejó pasar delante de ella y me dio una palmada en el trasero. Reímos y acto seguido pasamos a su cuarto―.Estoy segura de que algo malo ha pasado con aquel…. James. Y solo con tres minutos en mi casa ya has reído y sonreído para dar y tomar. De verdad, que sigo esperando mi premio.―Puso los brazos en sus caderas.
Esta vez la broma ya no tuvo sentido. Otra vez mis ojos se humedecieron y la abracé. Ella recibió mi abrazo con énfasis.
¿Veis? Eso es por lo que la quiero. Porque con su simple abrazo, hizo más que cualquiera.
Aunque ahora seguiríamos hablando. Porque eso no iba a ayudar a que James no me odiara de por vida por dejarle tirado.
5.
“Oh Gosh”
―No sé.
―Que sí, hazme caso. Rompe esa estúpida libreta y bésale. ¡Si sabes que sientes por él algo más! Es que eres tonta.
―Oh, hombre; gracias.
―De nada mujer, para eso estamos.
Suspiré. Quizá Bari tenía razón. A lo mejor tenía simplemente que olvidar aquella promesa infantil. Pero siempre la había seguido a raja tabla, y se había convertido en un modo de vida. La verdad, desde Kyle, nadie me había dañado y sin embargo, numerosas veces eran las que les rompían el corazón a chicas de mi edad. Aquello me había salvado de mucho.
Sonó el timbre de casa.
― ¡Es para mí!―Grité. En realidad, no sé para que he avisado, no debe de haber nadie. Mi hermano tiene hoy Rugby. Mi padre debe de estar trabajando.―Me tengo que ir bombón.
―De acuerdo. Pero haz lo que te digo, ¡Y lánzate! O… Déjale a él seguir sus instintos.
Reí sonoramente antes de colgar y, levantarme de la cama. Agarré el bolso que ya había preparado al salir de la ducha, y algo de dinero. Quién sabe.
Corrí escaleras abajo, y, a cada paso; el corazón me iba más y más rápido. No podía contar mis respiraciones, no podía pensar bien en lo que iba a decir. Me paré justo antes de abrir la puerta. ¿Qué se suponía que estaba haciendo? Sabía de sobra que me había enamorado de él. Lo correcto sería alejarme. Si no, no podría cumplir lo que había escrito años atrás. Aun así, apoyé mi mano en el picaporte, y tiré.
Allí estaba. Con la sonrisa más hermosa que había visto jamás y unas gafas de sol que le quedaban de maravilla. Deduzco que soy idiota. Porque no sé como salieron unas palabras de mi boca bastante incoherentes.
― ¿Sabes que en Inglaterra no suele haber mucho sol, aunque estemos en julio?
―Si… Pero la luz me molesta bastante.
Ahora fui yo la que sonreí. De detrás de la espalda se sacó un sobrecito y me lo entregó sin despegar aquella linda sonrisa de la cara. Yo mientras, no salía de mi asombro. Ese chico no podía ser más dulce.
Abrí con delicadeza aquel pequeño presente y encontré un diminuto papelito dentro de él. Lo saqué, y desdoblé con sumo cuidado. Leí lo que ponía.
―”Gracias”.
Solo aquella palabra. Hice un gesto con la cara al no entender.
―Te lo explico por el camino, ¿Qué te apetece comer?
―Mmmm, ¿Qué te parece italiano?
―Pasta. Me parece perfecto. ―Me tendió el brazo y caminamos unos pasos así, sin decir nada. Su mero contacto me aceleraba el pulso. Aunque no intercambiábamos palabra, el momento no era incómodo.
Sin embargo, yo seguía teniendo curiosidad.
― ¿El sobre…?
―El sobre es para agradecerte por ir conmigo. ―Fruncí el ceño―. Sí, puede parecer extraño. Pero creí que no ibas a venir. Y quería que tuvieras ese papel contigo. Para que recuerdes siempre que te estoy agradecido de por vida que hayas aceptado venir. Quizá… quizá hoy sea el principio de todo.
Las últimas palabras, las susurró mirando hacia otra parte.
―Eres increíble.
Suspiró. Ya no estaba tan sonriente. Ese brillo en la mirada, ese resplandor en la sonrisa; había desaparecido por completo.
―Ojalá lo fuera.
―Lo eres.
Le di un beso en la mejilla. Me puse de puntillas, era realmente alto.
―Vaya, hacerme el melancólico merece la pena.
Reí. Minutos después, entre charla y charla; entre que saltábamos de tema a tema, llegamos a aquel restaurante. Un apacible establecimiento con unas acogedoras sillas y mesas en el exterior. Estaba nublado, pero cada mesa tenía su respectivo toldo, así que decidimos sentarnos a comer fuera. Además no había nadie, y la idea de quedarme completamente sola con él no me disgustaba para nada.
Un camarero gordito salió del local, con dos cartas en la mano. Nos entregó una a cada uno, y nos preguntó que deseábamos para beber.
―Para mí una coca-cola light.―Dije.
―A mí no me disgustaría una copa de vino, la de la casa. Gracias.
De repente un pensamiento me golpeó en la cara. Sentí un puñetazo en el estómago.
Vino. Ahí me percaté por primera vez desde la otra noche de la diferencia de edad. Tres años. Quizá no era demasiado, pero se notaba lo suficiente. El palpó lo seria que me había puesto, en cuanto el camarero nos abandonó para entrar de nuevo en el restaurante.
― ¿Qué sucede? ¿Querías algo más?
Se movió una pizca, haciendo un ademán para llamar de nuevo al mesero.
―No, no. No pasa nada.―Mentí.
― ¿Segura?
―Sí.―Asentí. Intentando sonar convencida.
―Bien. Bueno, ¿Qué tenías pensado pedir?
Agarré por segunda vez la carta y me la puse delante de la cara, para que no viera las lágrimas que amenazaban por salir de mis ojos. Y todavía no sé por qué estaban deseosas de ver la luz. No había ocurrido nada.
Intentando olvidar mis revoltosos líos, la observé con detenimiento. Todo era extremadamente caro y sentí el impulso de decirle que nos fuésemos. En ese mismo instante caí en su atuendo. Llevaba unos pantalones de raso, no parecían vaqueros. Un polo oscuro se amoldaba perfectamente a su torso, y en los pies se enfundaba unos Lacoste. Negros, parecían recién lustrados.
Juraría que no escatimaba. No creo que fuera de familia modesta, la verdad. De todos modos, aunque podría pagarlo, me pareció excesivo.
― ¿No crees que es algo caro?
―Puede ser. Pero se come de maravilla. Créeme, es el mejor italiano de la zona.
―No lo dudo pero…
―Pero nada. Tú disfruta de la comida, que ya me encargo yo.
Sonreí de nuevo. Dios mío. Esos ojos azules estaban matándome lentamente. Y esos labios.
Recordé el beso que le había dado en la discoteca. Pero allí no había sucedido nada, porque todavía no sentía nada. En cambio, si posaba mis labios sobre los suyos ahora, acabaría confirmando mis sospechas.
Joder, que difícil me iba a ser esta vez, librarme de esto.
Creo que en parte era porque no quería dejar de mirarle. No quería dejarle. Me negaba.
Aunque yo no me había dado cuenta que iba a ser incluso más dificultoso, de lo que había imaginado.
domingo, 15 de julio de 2012
4.
“I can not love you”
Alguien me rodeaba con el brazo. No tengo ni idea de quién, pero era cariñoso. Me agarraba con ternura por detrás, como si no estuviera dispuesto a perderme. Por lo que notaba, era algo más alto que yo. Pero solo un poco. Traté de voltearme para averiguar de quién se trataba, y de si tenía que salir corriendo o no, y no pude. Le cogí de los brazos y, con más énfasis, quise darme la vuelta. Nada.
Al cuarto intento me empecé a desesperar y, al quinto, aunque estaba exhausta; repetí de nuevo. Esta vez lo logré, aunque algo empezó a sonar. Algo… Algo.
El móvil. Vuelta a la realidad. Y yo todavía no sabía quien era ese chico.
El poli tono fue lo que más me hizo gracia. Normalmente me pasaba cada vez que alguien me llamaba. No sé como se me ocurrió. Pero solo nosotras dos éramos capaces de ponernos ese “potato” de tono de llamada, dicho repetidamente por la otra.
Palpé la cama, todo estaba a oscuras y, a tientas, rebusqué en mi bolso. Joder, no lo encuentro. Me cago en todo. Dios. Me duele la cabeza. Ahí está. Justo en el mismo momento en el que lo cogí, paró.
― ¡Mierda! ―Bufé.
665 311 447. ¿Quién era? No era Bari. De ser así, la tendría a ella sonriente con los pulgares hacia arriba en el momento de la llamada. Llena de curiosidad, marqué ese mismo número.
En el primer pitido, me agarré a la silla donde había estado mi móvil.
En el segundo, me percaté que las persianas estaban bajadas, y que me dolía tanto la cabeza, que no las iba a subir.
En el tercero, casi me desesperé: nadie lo cogía.
― ¿Souf?
¡Sí, sí, sí, sí! Me puse a dar vueltas sobre mí misma. Algún que otro paso de baile me acompañaba. Ahí me di cuenta que era yo la que no había contestado.
―James.
Lo mío fue más una afirmación. Casi estaba hiperventilando. ¿Qué me pasaba?
―Dime.―Divagó unos segundos―. Digo… Que tonto, te he llamado yo.
―Sí…
Él también estaba nervioso. Eso me tranquilizó.
―Esto… Me preguntaba si… Bueno…. Esto…
―Sí.
―Aún no sabes lo que te quiero decir.
“Te voy a decir que sí de todos modos”―Pensé.
―Vente a tomar algo conmigo.
―Te dije ya que sí.―Sonreí de oreja a oreja, hasta que me dolieron las mejillas. Pude notar el sonrojo en sus mejillas, y la sonrisa con la que él había correspondido a mi respuesta.
―Ahora mismo estoy por entrar en mi última clase. Pero te voy a buscar en… ¿Una hora?
―No sabes mi dirección.―Dije seria. Esto de marearle me empezaba a gustar. Él también se preocupó. Reí estridentemente.―Tonto, te la digo.―Pude oír como resoplaba de alivio. Mi corazón se paró por una milésima de segundo. Así que así era cuando se está enamorado. Espera. ¿Enamorada? Ni de coña. Eso no va conmigo. Ahora si que me apagué de verdad. No quería que lo notara, así que le dije mi calle rápidamente. Después el portal. ―Entonces te espero. Voy a vestirme. Recuerda que los colegiales no tenemos clases en julio.
―Qué suerte…―Susurró.
Reí y colgué el teléfono. Me puse a saltar por toda la habitación.
Idiota, para. Recuerda que tú no puedes depender de nadie. Tú no eres así. Es solo un capricho. Cuando lo tengas, le dejarás.
Me puse las manos en la cara. Por qué haría esa estúpida promesa.
Ahora sí, levanté las cortinas y pude ver como niños; emocionados por las vacaciones, corrían a través de la calle. La luz penetró en mis ojos como láseres. Pronto me acostumbré a ella.
Busqué la libreta debajo de mi cama. Ahí estaba. Me senté al borde de la cama y la abría de par en par. Busqué el día catorce de marzo. 14 de marzo del dos mil ocho. Trece años recién cumplidos. Leí.
Querido diario, el mundo se me cae poco a poco. Kyle me ha dicho que soy fea. Que soy horrible. Que nunca voy a tener a nadie. Que soy gorda. ¿Es eso cierto? Mamá me dice que para nada. ¡Pero es que ella es mi madre! ¿Cómo se supone que puedo creerla? ¡NO PUEDO! Yo quiero a Kyle. Le quiero mucho. ¿No podía decir un simple “tú y yo ya no valemos”? ¿No podía terminar conmigo como un chico normal?
Se podía observar como había estado llorando mientras escribía. Leí las siguientes líneas. En todo me lamentaba por el mundo cruel. Está bien, era algo dramática. Pero ese chico me había hecho daño.
Por eso mismo, me niego. Nunca más. Yo, ante ti, prometo no salir nunca con nadie. NUNCA MÁS. Lo prometo. Lo prometo. Lo prometo. Aún y así, que una Sofía mayor, se enamore. Eso daría igual. Podré pasar tiempo con ese tío, pero nunca salir con él. No podré besarle. No podré hacer nada con él. Solo amigos. NUNCA MÁS. Cumple esta promesa, Sofía. Cúmplela.
Años después, a punto de pasar a bachillerato, seguía firme a aquella promesa. En tercero, había descubierto que, en esas líneas, no había sido concreta con algo. “No puedes enamorarte” “No puedes hacer nada, si es que lo haces” Pero en ningún sitio ponía que yo no pudiera salir con alguien, por diversión. Simplemente liarme con alguien por diversión. Así que todas mis historias habían sido eso, líos. Pero tenía que ser fiel a mi promesa. Aunque para todo el mundo sean estupideces. A mí Kyle me seguía doliendo. Y, aun sabiendo que he mejorado de aspecto a lo largo de los años… Sus palabras seguían retumbando en mi cabeza, como cuchillos.
Ahora era todo diferente. Cada vez que hablaba, aunque solo le hubiera escuchado un par de veces; cada vez que respiraba, cada vez que movía un solo músculo, yo me quedaba sin poder reaccionar.
Y entonces mis pensamientos fueron interrumpidos, el teléfono volvió a sonar. Esta vez, Bari sí que aparecía sonriente en mi BB.
¿Cómo era capaz de notar cuando estaba mal? Era increíble.
Agarré toda la ropa que quería, y entré en el baño de mi cuarto con el móvil en la mano. Cerré la puerta a mis espaldas y me apoyé enfrente al espejo.
Contesté.
miércoles, 27 de junio de 2012
3.
"I like you so much, and that is a big problem, babe."
―Me vas… A decir que tienes diecinueve años. No te creo.―Dije a James. A las palabras les costaba salir de mi boca; y creo, era culpa de las seis o siete copas que llevaba ya. No debería haber bebido tanto.
―Los tengo.―Sonrió de una manera adorable. Aun sabiendo que él había bebido lo mismo que yo, se le veía totalmente cuerdo. Totalmente lúcido.
Mostré mis dientes en un intento de sonrisa.
―Estás bueno.
Mierda. Rió sonoramente, y, aunque la música seguía todo volumen, le escuché perfectamente. Me hizo daño en los oídos… Aunque a la vez, esa risa. Esa risa que había escuchado tantas veces en las últimas dos horas. Era perfecta.
―Lo siento.―Cogí de mala manera una extensa bocanada de aire―. No estoy acostumbrada a beber.
Me acomodé en el sillón y él me siguió observando.
―Souf.
―Dime.
― ¿Qué va a pasar ahora?
La pregunta me cogió desprevenida no, lo siguiente. Se supone que un tío no se para a pensar en qué pasará después una noche en una discoteca. No es normal.
― ¿Qué?―Pude responder al final.
―Digo… ―Volteó la mirada a otro lado de la sala. Se le veía incómodo―. Verás, me gustas. Y no quiero que esto quede como un simple ligue de una noche. Quiero conocerte.
Muerta. Muerta. Muerta. Muerta. ¡Qué caballero! ¡Qué adorable! ¿Dije que morí allí mismo?
―No entraba en mis planes el acostarme contigo y después dejarte tirado con una nota.―Intenté sonar sarcástica. Funcionó. Otra vez esa risa pobló mis oídos.
―Creo que yo tampoco había pensado eso.
Intercambiamos una nueva sonrisa. Si alguien me pregunta, no tengo respuesta posible. Si alguien se extraña por lo que voy a hacer ahora, no tengo explicación. Lo único que sé es que cuanto más cerca estaba de ese chico rubio, el corazón me latía más rápido. Y ese vació que llevaba sintiendo ese par de años, desaparecía. Por eso mismo, reduje el espacio entre nosotros y; dado que a él no pareció importarle, acabé apoyando mis labios contra los suyos. Me agarró por los hombros y empezó a acariciarlos, e intensifiqué el beso. Ahora mismo la música me importaba una mierda. Ese dolor que llevaba arrastrando dos años se fue por una milésima, y sentí poco a poco como su aliento entraba por mi boca, y se apoderaba de mi garganta, haciéndola vibrar. Solo me separé, cuando no pude respirar más.
― ¡Vosotros! ¡Los de ahí!―Esa voz…
Me di la vuelta sin mirar de nuevo a James, y ahí la vi.
―Souf, nos vamos. Estoy muerta, y estos tacones me están matando.
Chris estaba detrás de mi amiga, con cara de resignación. A ver quien la detiene ahora. Le hice un gesto que entendió a la perfección. Pero la disimulación no es su punto fuerte.
―Vale, pues ya quedaréis otro día tortolitos.
Me resigno yo ahora también.
―Dame tu móvil.―Le dije de nuevo a James, que, por cierto, no entendía nada.
―Voy.
Me tendió su IPhone y lo agarré fuerte. Las manos me temblaban. Seguía sintiendo su aliento por mis cuerdas vocales. Aunque, la verdad, no me molestaba en absoluto.
Apunté mi número de teléfono, con mi nombre al lado.
―Llámame.
―No lo dudes.
―Que no se te olvide.
―No lo haré.
Y otra vez esa manera de hacer que mis rodillas flaqueasen. Esos dientes. Le di un beso en la mejilla, y agarré a Bari del brazo, haciéndole un gesto a Chris para que nos siguiera fuera de la disco. Salimos, y nos montamos en el coche. Ella estaba a punto de sentarse en el asiento del copiloto.
Ni de coña.
La obligué a ponerse al lado mío, en los traseros.
― ¿Qué ha pasado ahí dentro? ―Preguntó.
Resoplé.
―He conocido a la mejor persona de este mundo.
―Si claro, en tres horas. Tiene sentido.
―Puta.
―Ya… Pero me quieres. Bueno, ¿Cómo era eso? ¿Ya tenéis fecha para la boda?
Aparté mi mirada de la ventana, para intimidar a mi querida –pero desesperante- hermanita.
― ¿Qué?
― ¿En serio lo preguntas? Já, tu sensibilidad es igual a cero.
―Pero eso ya lo sabes, cariño.
―Sí, lo sé. Pero podrías intentar entender un poco.
Puso los ojos en blanco.
―Está bien. Lo siento, ¿Vale? Cuéntame.
―No, ahora ya no te cuento nada.
―Venga ya, cielo. El día que no peleemos…
―Está bien, ¡Te lo cuento! ¡No insistas más! ―Sonreí falsamente.
Estallamos a carcajadas. Okay, otra “discusión” zanjada.
―Venga, venga. ¡Empieza! Hubo sexo, ¿O NO HUBO SEXO?
―Estás mal de la cabeza.
―Puede ser. Pero por lo que vi, ese rubito te estaba comiendo con la mirada. Y tú a él. No entiendo que más necesitabas para… Bueno... Ya sabes…
―Guarra.
―Sí, ya. Cuenta. Que pasó.
―Le besé.
― ¡Whoaaa! ¡Llamemos a la policía! ¡Has besado a ese bombón!―Levanté la ceja en forma de queja―. Está bien. De acuerdo. Perdón. Prosigue, milady.
―El caso es que… Bueno, creo que me he enamorado de él.
― ¿Tan pronto? ¿Sin ni siquiera verlo sin camiseta?
Fuera. Era un caso perdido. Reí. Ya le contaría más adelante cuando quedara con él. Y haya… Algo más. Con suerte. Pero quiero verle. Ya.
Lo que no sabía, era en el puto problema en el que me metía. Porque James no era el único que revoloteaba por ahí. Sin embargo, si era el único que me hacía volar.
Pues eso, problema.
martes, 26 de junio de 2012
2.

"Dos oportunas apariciones"
―No creo que sea buena idea.―Dije, escudriñando con la mirada a mi amiga, medio a gritos. La música no nos dejaba oír con claridad.
―No me seas cagada, querida.
¡Me estaba poniendo de los nervios! Ella lo que quería era liarse con Chris y; apartarme del medio como consecuencia. ¿Y qué mejor manera que lanzándome hacia las zarpas de aquel chico alocado -aunque guapo- rubio del fondo?
―Bah, tonterías. Yo no me muevo de aquí.―Dije al fin.
El ambiente de la fiesta era animado. Aunque la gente se empezaba a descontrolar y yo me veía envuelta en aquel bullicio. Bari, a un lado con su apuesto novio, me había ignorado todo el tiempo que llevábamos allí. Aunque no la culpo, Chris era hermoso. Rizos cobre, ojos claros –todavía me quedaba averiguar si verdes o azules- y, aunque no era de gran estatura, tenía un porte elegante. Se veía desde la otra punta del país el amor que le tenía. Juntos se complementaban, formando la pareja perfecta. Pero a veces se mostraban tan cariñosos, que era cansino.
―Sois melosos. Me voy a pedir algo a la barra.
Sonrió. Encima se alegraba de librarse de mí. Guarra.
Entorné los ojos a causa del humo y me dispuse a ir a lo que prefería llamar bar. Teniendo en cuenta la de personas que se movían, bailando alocadamente; no me costó tanto llegar al otro extremo como supuse en un principio. Me senté en uno de los taburetes e hice un gesto al chico de las bebidas para que se acercara. Tenía cara de ángel. Castaño, con ojos miel, e incluso se podía distinguir un toque amarillento centelleante. Muy alto; extremadamente atractivo.
Formó una media sonrisa con las comisuras de sus labios y un hoyuelo se le formó a un lado de la cara. Sin lugar a dudas, era guapo. Sexy.
― ¿En qué puedo ayudarte, nena?
Ahora la que sonrió fui yo.
― ¿Puedes mezclar Red Bull con licor?
―Poder, puedo. Pero preciosura, tienes que ser mayor de edad.
―Si no lo fuera, ¿Estaría en esta discoteca? –Mentí. Tengo dieciséis años. Recién cumplidos. Me había colado Bárbara, que tiene diecisiete. Y, bueno, su novio ya tiene los dieciocho cumplidos; así que… Somos unas acopladas. Que más da.
Esto no se lo dije al ángel. Asintió divertido y se dispuso a servirme lo que le había pedido. Sus movimientos eran tanto ágiles como rápidos. Un, dos, tres cubitos de hielo. Y el primer líquido. Después el segundo.
Me lo entregó y ahora si que dejó ver una sonrisa entera. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Ese chico tenía algo.
―Gra…cias. ―Logré decir. Menuda idiota.
― Y, ahora que lo tienes en tus manos… ―Hizo una pausa. Creo que le gustaba hacerse el interesante― Y que, no te lo puedo quitar… ―Entrecortaba sus palabras. De acuerdo, ese chico me gusta mucho. Quizá demasiado.―Dime, cuantos años tienes realmente.
Me empecé a perder en sus ojos caramelo. Y casi se me olvidó que tenía que contestar.
―Dieciséis. ―Respondí. Casi sin aire. No estaba acostumbrada a tratar con bombones. Después de todo, no tengo nada que ofrecerles. No soy muy… Digamos que no soy ese tipo de chica a la que te tuerces a mirar por la calle. O, a la que quieres invitar al cine. Ni si quiera soy ese típico ligue de verano.
―Bien…. Yo tengo diecisiete.
― ¿Diecisiete? ―Exclamé atónita.
― En efecto. Mi… Tío es el dueño de esto.
― ¡No jodas! ¿En serio?
―Sí. ―Hizo un mohín. ―Solo estoy ayudando aquí porque me ganó una apuesta el otro día.
Me sorprendí a mí misma sonriendo de nuevo. Que estupidez, parezco una princesita. Que asco.
Iba a darme la vuelta para sentarme en uno de los sillones, en frente de la pista de baile cuando su voz me sorprendió de nuevo.
― ¿Sería raro si te pido el número de teléfono?
Reí para mis adentros. Adorable.
―Te lo doy encantada. ―Dije, al girarme nuevamente hacia él.
Escribí los nueve dígitos en su brazo, con un bolígrafo que él mismo me había prestado. Después alcé la mirada y, ahí estaban, sus ojos de nuevo.
―Ya hablaremos.―Pude decir al fin. Si no, me hubiera quedado allí parada.
―Si…―Hizo una pausa mirando a otro lado de la sala.―Si es que ese chico me deja algo a mí.
― ¿Qué chi…?―Volteé para mirarle y el chico rubio al que antes mi amiga me había casi enchufado estaba observándome. ―Bah, ―me dirigí otra vez al chico de las bebidas―. Que más da. Por cierto, no me has dicho tú nombre.
―Tú tampoco el tuyo. Estamos empatados.
Y se mordió el labio inferior. Juro que si volvía a hacer eso me abalanzaba sobre él.
―Sofía. Pero me puedes llamar Souf. ―Rió―. ¿Qué?
―Es bonito.
“No tanto como tú”-Pensé.
―Gracias. Pero tú todavía no me has confesado el tuyo.
―Me llamo Jake.
―Es bonito.
―No tanto como tú.―Dijo.
Ladrón de mierda. Ese era mi pensamiento.
Pero mi boca solo respondió con otra sonrisa ridícula.
―Bueno… Hasta luego. Mi turno ha terminado, y debo irme a casa.
―Nos veremos.
―No lo dudes. Te llamaré un día de estos… Souf.
Asentí. Quería volver a hablar con él. Esperaba que esa llamada llegara pronto. Ahora sí me dispuse a ir a donde estaba…
“Olvídalo” Me dije a mí misma. Se estaban dando el lote en un sillón cerca del bar.
La verdad es que aquel rubio de la esquina no estaba mal. ¿Por qué no divertirse un rato? Me acerqué a él, que, sorprendentemente, también estaba solo. Aunque jugando a algo con su teléfono. Que original.
― Creí que a las discotecas se venía a bailar.
― Yo también lo creía. Hasta que mi amigo decidió ignorarme junto a su preciosa novia―Respondió indiferente, sin levantar la mirada de su BlackBerry.
―Entonces ya somos dos.
Ahora sí que me miró. Creo que la ciencia divina ha jurado quererme por el resto de mis días. Dos hermosos chicos en menos de media hora. Y este era aún más guapo que el anterior. Tenía raíces oscuras, así que deduje que su pelo natural no era ese rubio que prácticamente poblaba su cabeza. Y esos ojos. Dios mío, no creo que pudieran ser más azules. Él no era alto, para nada. Pero lo suficiente para llevarme un par de centímetros. Y entonces ya me quedé descolocada cuando sonrió.
―Soy un auténtico maleducado, ¿Verdad? Ni me presento, ni dejo este cacharro a un lado―Dijo, haciendo referencia a su móvil―. Me llamo James.
― ¿Es esa tu forma de ligar con chicas?
― Solo con las guapas.
Y entonces advertí como James era mucho más educado que Jake. No era por las maneras solo… Si no que a este primero se le nota la riqueza y la familia pija a mil leguas. El típico que me repele.
―Gracias. Tú eres un estupendo mentiroso, no tengo nada de guapa.
―Lo que estás es ciega.
―Cabezota.
―Lo soy.
Y estallamos en una linda carcajada. Y el corazón me dio un vuelco.
Mierda.
viernes, 22 de junio de 2012
1.

CAPITULO PRIMERO.
― ¿Crees que le gustará? ―Me preguntó.
― ¿Estás de coña? Se quedará a cuadros cuando te vea. ―Levanté las cejas en un gesto despreocupado.
―Joder Souf, no estoy segura. Quizá le parece demasiado.
―Bárbara…
―No me llames así.―Si las miradas matasen, ya estaría muerta. Sus ojos oscuros se clavaron empedernidamente en los míos. Sentí un escalofrío.
Puse los ojos en blanco.
―De acuerdo, Bari. ―Sonreí divertida. Aprobó con la cabeza. Menudo personaje.―Le encantará ese vestido. Estás hermosa.
Y es que ella siempre lo estaba. A Chris le iba a hacer volar por los aires la manera en la que se ajustaba esa prenda al cuerpo de mi amiga. Aunque claro, dudo mucho que dure mucho tiempo puesto.
De nuevo de observó detenidamente en el espejo. La envidia era inevitable: su pelo rojizo teñido, caía con unas hondas suaves por encima de sus hombros y enmarcaban su rostro con un tono aniñado y sutil. Su cuerpo era perfecto; curvas donde hace falta tenerlas y proporcionado. Parecía pintado por un escultor, exclusivamente. Aparte de esos magníficos tacones que había optado por ponerse.
Recordé algo.
― ¿Sabes? Yo también tengo que vestirme, cielo. ―Dije vacilante. Me había olvidado por completo de mí.
―Cierto.―Arrugó la nariz.―Creo que sé lo que te puedes poner.―Se mordió el labio interesante mientras que alzaba las cejas y yo dejé escapar una inocua carcajada. Menos mal que es mi mejor amiga, si no, le hubiera soltado un comentario con respecto a sus maneras.
Pero la quería demasiado. Era todo lo que tenía. Ella era… Mi hermana. Quizá no lo éramos de nacimiento; pero sin lugar a dudas habíamos nacido para serlo.
Tomó mi mano y me condujo hacia su habitación.
―Cierra los ojos.
―Bari, no seas ridícula. No tenemos tiempo. ¡Saca ya en lo que quieres que me enfunde!
―Encima que te ayudo. ―Negó con la cabeza.―Eres un caso.
Me expresé mostrándole “delicadamente” el dedo corazón. Sacó la lengua.
―Bah, haz lo que quieras.
Se dio la vuelta y abrió su inmenso armario. Comenzó a bailar mientras que buscaba lo que quería. Yo continuaba riéndome. Desde luego…
― ¡Eureka!
―Te ha costado.
―Cállate, querida. Y entra al servicio a vestirte con esto. Y no, no hace falta que me saques fotos. Sé que soy la mejor amiga del mundo. Vas a estar… Sexy.
―Debes de estar tomándome el pelo. Voy a parecer una fresca con eso.
Chasqueó la lengua.
―Tonterías. Apresura, que llegamos tarde.
― ¡Qué cara más dura! ―Exclamé al mismo tiempo que Bari me conducía –empujaba, mejor dicho- Hacia donde quería. Cerró la puerta sin divagaciones. Me quedé mirando el marco de estas segundos, y como si supiera lo que hacía…
― ¡No te quedes ahí empanada, y date más prisa, estúpida!
― Yo también te quiero… ―Susurré.
Me empecé a desvestir y poco a poco introduje mis piernas en esa minifalda que la boba esta había elegido para mí, con un top gris que no tenía una manga. Que corte más raro.
― ¿Y qué zapatos me pongo? ―Dije, justo cuando salí de allí.
―Estás… Hecho un bombón. Te lo juro, me cambiaría de acera solo por ti, pequeña.
―Observó sin hacer caso a mi pregunta.
―Exagerada.
― ¡Hablo en serio! ¡Mira ese culo!
― ¡Tonta!
―Pero me quieres.
―Eso no quita el retraso que llevas encima.
Entornó los ojos y sin replicar –cosa que creí haría- abrió de nuevo las puertas de aquel inmueble y sacó unos zapatos con cuña muy bonitos.
― ¿Qué número usas? –Preguntó indiferente.
― Me ofendes. Si tú no lo sabes… ―Vi de lejos la regañina―Un treinta y nueve.
Estiró las comisuras de sus labios.
―Tenemos el mismo número. Póntelos.
Procedí a hacer lo que me dijo, y me di cuenta –de nuevo- del gusto que tenía.
―Perfecto. ―Dijimos a la vez.
Me abalancé sobre ella a abrazarla.
―Nos lo vamos a pasar bomba.
― ¡Y a emborracharse! ―Gritó, moviendo el trasero.
― No te pases. Pero… ¡Bueno, quizá un poco!
Reímos.
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