domingo, 15 de julio de 2012

4.



“I can not love you”

Alguien me rodeaba con el brazo. No tengo ni idea de quién, pero era cariñoso. Me agarraba con ternura por detrás, como si no estuviera dispuesto a perderme. Por lo que notaba, era algo más alto que yo. Pero solo un poco. Traté de voltearme para averiguar de quién se trataba, y de si tenía que salir corriendo o no, y no pude. Le cogí de los brazos y, con más énfasis, quise darme la vuelta. Nada.
Al cuarto intento me empecé a desesperar y, al quinto, aunque estaba exhausta; repetí de nuevo. Esta vez lo logré, aunque algo empezó a sonar. Algo… Algo.
El móvil. Vuelta a la realidad. Y yo todavía no sabía quien era ese chico.
El poli tono fue lo que más me hizo gracia. Normalmente me pasaba cada vez que alguien me llamaba. No sé como se me ocurrió. Pero solo nosotras dos éramos capaces de ponernos ese “potato” de tono de llamada, dicho repetidamente por la otra.
Palpé la cama, todo estaba a oscuras y, a tientas, rebusqué en mi bolso. Joder, no lo encuentro. Me cago en todo. Dios. Me duele la cabeza. Ahí está. Justo en el mismo momento en el que lo cogí, paró.
― ¡Mierda! ―Bufé.
665 311 447. ¿Quién era? No era Bari. De ser así, la tendría a ella sonriente con los pulgares hacia arriba en el momento de la llamada. Llena de curiosidad, marqué ese mismo número.
En el primer pitido, me agarré a la silla donde había estado mi móvil.
En el segundo, me percaté que las persianas estaban bajadas, y que me dolía tanto la cabeza, que no las iba a subir.
En el tercero, casi me desesperé: nadie lo cogía.
― ¿Souf?
¡Sí, sí, sí, sí! Me puse a dar vueltas sobre mí misma. Algún que otro paso de baile me acompañaba. Ahí me di cuenta que era yo la que no había contestado.
―James.
Lo mío fue más una afirmación. Casi estaba hiperventilando. ¿Qué me pasaba?
―Dime.―Divagó unos segundos―. Digo… Que tonto, te he llamado yo.
―Sí…
Él también estaba nervioso. Eso me tranquilizó.
―Esto… Me preguntaba si… Bueno…. Esto…
―Sí.
―Aún no sabes lo que te quiero decir.
“Te voy a decir que sí de todos modos”―Pensé.
―Vente a tomar algo conmigo.
―Te dije ya que sí.―Sonreí de oreja a oreja, hasta que me dolieron las mejillas. Pude notar el sonrojo en sus mejillas, y la sonrisa con la que él había correspondido a mi respuesta.
―Ahora mismo estoy por entrar en mi última clase. Pero te voy a buscar en… ¿Una hora?
―No sabes mi dirección.―Dije seria. Esto de marearle me empezaba a gustar. Él también se preocupó. Reí estridentemente.―Tonto, te la digo.―Pude oír como resoplaba de alivio. Mi corazón se paró por una milésima de segundo. Así que así era cuando se está enamorado. Espera. ¿Enamorada? Ni de coña. Eso no va conmigo. Ahora si que me apagué de verdad. No quería que lo notara, así que le dije mi calle rápidamente. Después el portal. ―Entonces te espero. Voy a vestirme. Recuerda que los colegiales no tenemos clases en julio.
―Qué suerte…―Susurró.
Reí y colgué el teléfono. Me puse a saltar por toda la habitación.
Idiota, para. Recuerda que tú no puedes depender de nadie. Tú no eres así. Es solo un capricho. Cuando lo tengas, le dejarás.
Me puse las manos en la cara. Por qué haría esa estúpida promesa.
Ahora sí, levanté las cortinas y pude ver como niños; emocionados por las vacaciones, corrían a través de la calle. La luz penetró en mis ojos como láseres. Pronto me acostumbré a ella.
Busqué la libreta debajo de mi cama. Ahí estaba. Me senté al borde de la cama y la abría de par en par. Busqué el día catorce de marzo. 14 de marzo del dos mil ocho. Trece años recién cumplidos. Leí.
Querido diario, el mundo se me cae poco a poco. Kyle me ha dicho que soy fea. Que soy horrible. Que nunca voy a tener a nadie. Que soy gorda. ¿Es eso cierto? Mamá me dice que para nada. ¡Pero es que ella es mi madre! ¿Cómo se supone que puedo creerla? ¡NO PUEDO! Yo quiero a Kyle. Le quiero mucho. ¿No podía decir un simple “tú y yo ya no valemos”? ¿No podía terminar conmigo como un chico normal?
Se podía observar como había estado llorando mientras escribía. Leí las siguientes líneas. En todo me lamentaba por el mundo cruel. Está bien, era algo dramática. Pero ese chico me había hecho daño.
Por eso mismo, me niego. Nunca más. Yo, ante ti, prometo no salir nunca con nadie. NUNCA MÁS. Lo prometo. Lo prometo. Lo prometo. Aún y así, que una Sofía mayor, se enamore. Eso daría igual. Podré pasar tiempo con ese tío, pero nunca salir con él. No podré besarle. No podré hacer nada con él. Solo amigos. NUNCA MÁS. Cumple esta promesa, Sofía. Cúmplela.
Años después, a punto de pasar a bachillerato, seguía firme a aquella promesa. En tercero, había descubierto que, en esas líneas, no había sido concreta con algo. “No puedes enamorarte” “No puedes hacer nada, si es que lo haces” Pero en ningún sitio ponía que yo no pudiera salir con alguien, por diversión. Simplemente liarme con alguien por diversión. Así que todas mis historias habían sido eso, líos. Pero tenía que ser fiel a mi promesa. Aunque para todo el mundo sean estupideces. A mí Kyle me seguía doliendo. Y, aun sabiendo que he mejorado de aspecto a lo largo de los años… Sus palabras seguían retumbando en mi cabeza, como cuchillos.
Ahora era todo diferente. Cada vez que hablaba, aunque solo le hubiera escuchado un par de veces; cada vez que respiraba, cada vez que movía un solo músculo, yo me quedaba sin poder reaccionar.
Y entonces mis pensamientos fueron interrumpidos, el teléfono volvió a sonar. Esta vez, Bari sí que aparecía sonriente en mi BB.
¿Cómo era capaz de notar cuando estaba mal? Era increíble.
Agarré toda la ropa que quería, y entré en el baño de mi cuarto con el móvil en la mano. Cerré la puerta a mis espaldas y me apoyé enfrente al espejo.
Contesté.