martes, 17 de julio de 2012

5.


“Oh Gosh”

―No sé.
―Que sí, hazme caso. Rompe esa estúpida libreta y bésale. ¡Si sabes que sientes por él algo más! Es que eres tonta.
―Oh, hombre; gracias.
―De nada mujer, para eso estamos.
Suspiré. Quizá Bari tenía razón. A lo mejor tenía simplemente que olvidar aquella promesa infantil. Pero siempre la había seguido a raja tabla, y se había convertido en un modo de vida. La verdad, desde Kyle, nadie me había dañado y sin embargo, numerosas veces eran las que les rompían el corazón a chicas de mi edad. Aquello me había salvado de mucho.
Sonó el timbre de casa.
― ¡Es para mí!―Grité. En realidad, no sé para que he avisado, no debe de haber nadie. Mi hermano tiene hoy Rugby. Mi padre debe de estar trabajando.―Me tengo que ir bombón.
―De acuerdo. Pero haz lo que te digo, ¡Y lánzate! O… Déjale a él seguir sus instintos.
Reí sonoramente antes de colgar y, levantarme de la cama. Agarré el bolso que ya había preparado al salir de la ducha, y algo de dinero. Quién sabe.
Corrí escaleras abajo, y, a cada paso; el corazón me iba más y más rápido. No podía contar mis respiraciones, no podía pensar bien en lo que iba a decir. Me paré justo antes de abrir la puerta. ¿Qué se suponía que estaba haciendo? Sabía de sobra que me había enamorado de él. Lo correcto sería alejarme. Si no, no podría cumplir lo que había escrito años atrás. Aun así, apoyé mi mano en el picaporte, y tiré.
Allí estaba. Con la sonrisa más hermosa que había visto jamás y unas gafas de sol que le quedaban de maravilla. Deduzco que soy idiota. Porque no sé como salieron unas palabras de mi boca bastante incoherentes.
― ¿Sabes que en Inglaterra no suele haber mucho sol, aunque estemos en julio?
―Si… Pero la luz me molesta bastante.
Ahora fui yo la que sonreí. De detrás de la espalda se sacó un sobrecito y me lo entregó sin despegar aquella linda sonrisa de la cara. Yo mientras, no salía de mi asombro. Ese chico no podía ser más dulce.
Abrí con delicadeza aquel pequeño presente y encontré un diminuto papelito dentro de él. Lo saqué, y desdoblé con sumo cuidado. Leí lo que ponía.
―”Gracias”.
Solo aquella palabra. Hice un gesto con la cara al no entender.
―Te lo explico por el camino, ¿Qué te apetece comer?
―Mmmm, ¿Qué te parece italiano?
―Pasta. Me parece perfecto. ―Me tendió el brazo y caminamos unos pasos así, sin decir nada. Su mero contacto me aceleraba el pulso. Aunque no intercambiábamos palabra, el momento no era incómodo.
Sin embargo, yo seguía teniendo curiosidad.
― ¿El sobre…?
―El sobre es para agradecerte por ir conmigo. ―Fruncí el ceño―. Sí, puede parecer extraño. Pero creí que no ibas a venir. Y quería que tuvieras ese papel contigo. Para que recuerdes siempre que te estoy agradecido de por vida que hayas aceptado venir. Quizá… quizá hoy sea el principio de todo.
Las últimas palabras, las susurró mirando hacia otra parte.
―Eres increíble.
Suspiró. Ya no estaba tan sonriente. Ese brillo en la mirada, ese resplandor en la sonrisa; había desaparecido por completo.
―Ojalá lo fuera.
―Lo eres.
Le di un beso en la mejilla. Me puse de puntillas, era realmente alto.
―Vaya, hacerme el melancólico merece la pena.
Reí. Minutos después, entre charla y charla; entre que saltábamos de tema a tema, llegamos a aquel restaurante. Un apacible establecimiento con unas acogedoras sillas y mesas en el exterior. Estaba nublado, pero cada mesa tenía su respectivo toldo, así que decidimos sentarnos a comer fuera. Además no había nadie, y la idea de quedarme completamente sola con él no me disgustaba para nada.
Un camarero gordito salió del local, con dos cartas en la mano. Nos entregó una a cada uno, y nos preguntó que deseábamos para beber.
―Para mí una coca-cola light.―Dije.
―A mí no me disgustaría una copa de vino, la de la casa. Gracias.
De repente un pensamiento me golpeó en la cara. Sentí un puñetazo en el estómago.
Vino. Ahí me percaté por primera vez desde la otra noche de la diferencia de edad. Tres años. Quizá no era demasiado, pero se notaba lo suficiente. El palpó lo seria que me había puesto, en cuanto el camarero nos abandonó para entrar de nuevo en el restaurante.
― ¿Qué sucede? ¿Querías algo más?
Se movió una pizca, haciendo un ademán para llamar de nuevo al mesero.
―No, no. No pasa nada.―Mentí.
― ¿Segura?
―Sí.―Asentí. Intentando sonar convencida.
―Bien. Bueno, ¿Qué tenías pensado pedir?
Agarré por segunda vez la carta y me la puse delante de la cara, para que no viera las lágrimas que amenazaban por salir de mis ojos. Y todavía no sé por qué estaban deseosas de ver la luz. No había ocurrido nada.
Intentando olvidar mis revoltosos líos, la observé con detenimiento. Todo era extremadamente caro y sentí el impulso de decirle que nos fuésemos. En ese mismo instante caí en su atuendo. Llevaba unos pantalones de raso, no parecían vaqueros. Un polo oscuro se amoldaba perfectamente a su torso, y en los pies se enfundaba unos Lacoste. Negros, parecían recién lustrados.
Juraría que no escatimaba. No creo que fuera de familia modesta, la verdad. De todos modos, aunque podría pagarlo, me pareció excesivo.
― ¿No crees que es algo caro?
―Puede ser. Pero se come de maravilla. Créeme, es el mejor italiano de la zona.
―No lo dudo pero…
―Pero nada. Tú disfruta de la comida, que ya me encargo yo.
Sonreí de nuevo. Dios mío. Esos ojos azules estaban matándome lentamente. Y esos labios.
Recordé el beso que le había dado en la discoteca. Pero allí no había sucedido nada, porque todavía no sentía nada. En cambio, si posaba mis labios sobre los suyos ahora, acabaría confirmando mis sospechas.
Joder, que difícil me iba a ser esta vez, librarme de esto.
Creo que en parte era porque no quería dejar de mirarle. No quería dejarle. Me negaba.

Aunque yo no me había dado cuenta que iba a ser incluso más dificultoso, de lo que había imaginado.

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